38 – Triana, el sur también existe

Triana-El_Patio

TrianaEl Patio. Movieplay, 1975

En la primera mitad de los años setenta, la España casposa que supuraba cutrez al tiempo que el generalísimo firmaba sus ultimas condenas a muerte, bailaba con Formula V En la Fiesta de Blas, descubría la canción del verano con El Bimbo de Georgie Dann, y se daba el lote en el asiento de atrás de un 1430 arropada por la meliflua voz de Camilo Sesto o Pablo Abraira. ¿Que pasó? ¿Que le sucedió a la ingeniosa, y sorprendente por lo osada, década de los sesenta hispana que había iluminado bandas tan competentes como Los Canarios, Los Sirex, Los Salvajes, Los Brincos o Los Pekenikes?. Yo era un alevín por entonces, pero visto en perspectiva da la impresión de que la excesiva influencia de los productores, empujados por los sellos para reconvertir cualquier cosa en la ‘abominable’ música ligera (¡A quien se le debió ocurrir esta definición por Dios!) estaba difuminando lo poco que quedaba de esa rebeldía sesentera para convertirla en parodia sentimental de una época ‘beatleliana’, que mas que añeja olía a naftalina y bocata de choped. Lo cierto es que fueron unos años mugrientos en el más amplio sentido de la palabra, y en que casi lo mas aprovechable de la música que se hacía en el estado español provenía de la mano de los cantautores, de su compromiso con la poesía, y de la primacía de los textos sobre la instrumentación; sin olvidar evidentemente su postura militante con el cambio político que estaba por producirse y que atraía tanto como sus canciones. Los setenta son de Paco Ibañez, Raimon, Labordeta o Lluis Llach. Artistas que solo necesitaban una guitarra y su voz para encarar a un publico que les seguía para escuchar la palabra libertad escrita y pronunciada de mil maneras distintas. Por supuesto no me olvido que teníamos al enorme Serrat, palabras mayores, un caso aparte,  sobre todo en sus conciertos cuando prescindía de la sobreproducción de la que solían pecar sus grabaciones. Aunque también, contemporáneos, mucho menos populares, convivían formaciones de músicos más que competentes a los que apenas se les daba ‘bola’ en la radio y la televisión. Muchos recordaran al poderoso combo afrofunk Barrabas, que tenían mas éxito en Inglaterra, USA, Canadá o Italia que aquí; a los míticos barceloneses Lone Star, que por entonces daban sus últimos coletazos como una de las mejores bandas de rock anglosajón a la española que han pisado nuestros escenarios; los luminosos devaneos jazzfusion de Maquina, la Companyia Electrica Dharma o Iceberg; el surrealismo pop de Sisa y Pau Riba… o los sevillanos Smash y Gong, evidentes referentes para nuestros ‘Dioses y Monstruos’ de esta entrega. En mitad de este panorama de cambios, esos jóvenes músicos, que como una tribu desconocida del amazonas eran un lumpen musical underground, sobrevivían con experimentos sonoros a los que la radio formula omnipresente ignoraba. Ellos soñaban con Return to Forever y el Santana de Lotus, o querían imitar esos sonidos lisérgicos del art rock que absorbían de King Crimson, Iron Butterfly o Caravan…. y aqui se seguía “sacando el guisqui cheli para el personal” o mirándole las tetas a “la Ramona”.

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Uno de esos jóvenes se llamaba Jesús de la Rosa Luque, nacido en Sevilla en 1948 y muerto prematuramente en accidente de circulación en 1983, que por esos primeros setenta estaba en Madrid intentando entrar en los míticos Bravos. De entrada le rechazaron por su aflamencado acento, pero con los que parece ser que acabo tocando el bajo en más de un concierto. Sus primeras aventuras musicales fueron en su ciudad natal, antes de cumplir los veinte, con un grupillo que cantaba en ingles llamado Los Nuevos Tiempos. Con estos llegó a grabar alguna composición, tres en concreto, aunque sólo una de ellas fue en castellano, por lo que podríamos decir que en esa banda adolescente no estaba todavía el gen de Triana. Embrión que comenzó a gestarse cuando entro a formar parte de Tabaca unos años más tarde. Esta era una banda que había sido constituida por Carlos Attias, bajista de Miguel Ríos, Emilio Souto, cantante de Los Solitarios, y Eduardo Rodríguez, proveniente del grupo Los Payos, que muy modernos ellos consiguieron grabar su primer single con CBS en Londres. Mientras estaban promocionando este primer disco el bajista Attias les dejo tirados, y ese fue el momento en que Jesús que, como contaba al principio estaba por la capital haciendo ‘bolos’ con Los Bravos, entra como bajista del grupo, y allí conoce al que sera su compañero en Triana: el guitarrista Eduardo Rodríguez. Antes de que Tabaca se diluyera como un azucarillo eran un trío acústico formado por De la Rosa, Rodríguez y Emilio Souto que cantaban al estilo C, S & N. Pero al parecer el rollete hippy no era lo que tenía en sus planes la multinacional CBS, que les pagaba la nómina y  les pedía producciones más comerciales (ya… ya sabéis… la canción del verano), y pronto se les acabó la historia: Emilio Souto se incorporó a Desde Santurce a Bilbao Blues Band, proyecto de Moncho Alpuente, y Rodríguez y De la Rosa fundaron Triana -que se completa al poco tiempo incluyendo a José Palacios ‘Tele’ a la batería-. Parece ser que en un principio contaban también con Lole y Manuel, pero tanto duende junto no aprendió a convivir y se quedaron De la Rosa, ‘Tele’ y Rodriguez como Triana, con la colaboración de Antonio Pérez a la guitarra eléctrica y Manolo Rosa al bajo.

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Era verano de 1974, en los estudios Kirios de Madrid, cuando, producidos por Gonzalo García Pelayo, que ya había trabajado con Smash y Gong, grabaron su debut discográfico. Originalmente el álbum se llamaba como la banda, pero la detallista portada diseñada por Máximo Moreno, que representa un típico patio andaluz con toques surrealistas, logró que acabara siendo rebautizado como se le conoce hoy: El Patio.

”Yo quise subir al Cielo para ver, y bajar hasta el Infierno para comprender…” Así comienza el disco, una obra que no solo embelesa por la calidad de su sonido si no también por la fuerza de unos textos repletos de poéticas metáforas. Textos que como casi todas las manifestaciones artísticas de esos años no dejaron de ser interpretados en clave política. Eran los estertores del régimen franquista, y no debió de ser casualidad que el disco comenzara a tener más éxito cuando el ‘tio Paco’ ya había pasado a mejor vida, porque la verdad es que pasó totalmente desapercibido cuando fue publicado. Fue el boca a boca y el soporte que le dio los conciertos en directo, donde el talento de estos tres músicos soberbios se mostraba en toda su plenitud, lo que consiguió que acabara teniendo al final una mas que aceptable respuesta comercial, sobre todo después de editar su segundo álbum, Hijos del Agobio, que provocó que tuviera un repunte en las ventas. “El disco no empezó a funcionar hasta año y medio después. A las pocas semanas de salir, ni siquiera estaba en las tiendas, los habían devuelto porque no se vendían. Luego la cosa cambió y se dio el proceso inverso: las tiendas pidieron discos de Triana”. Gonzalo Garcia Pelayo contaba que: “El disco no gustaba mucho al principio: era diferente, original. Mezclar nuestras raíces con el rock era totalmente innovador, algo que nadie había intentado, ni siquiera en Francia”. Y además, lo más importante, Triana no era una simple recreación del rock progresivo anglosajón con toques ‘aflamencados’. Tenían un sonido propio; potente, creativo y de una complejidad musical no escuchada hasta entonces. Seis de los siete temas del disco están compuestos por De La Rosa, y están basados en la cadencia andaluza sobre el acorde de Re menor; acorde muy utilizado por Robert Fripp y que hace que a lo que más nos suene Triana sea a los primeros King Crimson, aunque el teclado de De La Rosa recuerde mas al de Doug Ingle de Iron Butterfly. El séptimo corte esta compuesto por Tele’ y Manuel Molina, y se construyó sobre el acorde de Fa sostenido mayor, muy empleado por este último por su personal estilo de tocar la guitarra. El Patio es un trabajo compuesto por siete piezas apabullantes que no tienen desperdicio, y que hacen casi imposible el individualizarlas y desgajarlas del total de la obra para destacar alguna en concreto; pero sin duda Abre la Puerta, Se de Un Lugar, Luminosa Mañana y el clásico Todo es de Color (que popularizarían Lole y Manuel en su primer disco Nuevo Dia -editado un año más tarde que El Patio-) son hitos sonoros de la historia del rock ibérico (bien.. en este casó mas bien rock de Al-Andalus) que, comparada con casi cualquier otra escena musical de la época, no anda sobrada de ellos.

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Tres buenos álbumes es la historia que vale la pena contar de Triana: El Patio, Hijos del Agobio y Sombra y Luz; después se acabó. Los encasillaron en la ‘mediocre’ etiqueta de rock andaluz, y ellos habían sido más que eso. Además, para más inri, la llegada de la ‘movida’ de los 80, con su hedonismo y ‘postureo’ musicalmente muy flojo (salvo excepciones por supuesto), y la muerte de De la Rosa en el 83, acabo definitivamente con ellos.

“Sé de un lugar para tí. Abre tu corazón que hoy vengo a buscarte, amor… Sé de un lugar donde brotan las flores para tí, donde el río y el monte se aman, donde el niño que nace es feliz… Sé de un lugar donde pronto amanece, donde juegan los peces junto a tí, donde la lluvia cae y riega la tierra que se nos dió”

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