29 – Stevie Wonder, colores acústicos

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Stevie WonderInnervisions. Tamla/Motown, 1973

La historia de la música, en todas sus épocas,  está repleta de buenos intérpretes, virtuosos instrumentistas, cantantes portentosos o compositores que han sido tocados por el dedo de la musa en un momento puntual de su vida para crear una obra maestra. Pero sólo existe un número limitado de genios trascendentes, de personajes singulares, superdotados, que son los que se ocupan de dar los saltos evolutivos  necesarios para que la creación no se convierta en rutina. Sin duda Stevie Wonder está incluido en este senado de sabios, junto a Mozart, Lennon, Fripp o Miles Davis, porque no. Todos ellos son responsables de que durante los últimos diez siglos hayamos sido recompensados con la capacidad de combinar armoniosamente sonidos y silencios, y de que este maná jamás haya dejado de fluir en toda su apabullante belleza. A Wonder no se le puede catalogar como rupturista, a él no le correspondió arrasar con lo que había y hacerlo todo nuevo. Su papel fue el de un orfebre magistral, prodigioso en la melodía y el arreglo, un Vasari del siglo XX que embellece todos los palos que toca. Surgió como artista soul en la más fructífera de sus fuentes, pero su música fue más allá conjugando el sonido más clásico de sus predecesores con reggae, funky, rock o pop.

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Nació prematuramente en Saginaw, Missouri –EEUU-, el 13 de mayo de 1950 con el nombre de Steveland Hardaway Judkins (más adelante se cambió el apellido a Morris al casarse de nuevo su madre). Al nacer sietemesino fue tratado en la incubadora con dosis de oxígeno, y se cree que un exceso de este gas impidió que se le desarrollaran correctamente las retinas, provocando una retinopatía que terminó por dejarlo ciego. Al igual que muchas otras personas con minusvalías sensoriales, el no poder contar con uno de los sentidos básicos como es la vista, provocó en el ‘niño maravilla’ un desarrollo sublime del oído.

Sus padres se separaron cuando el pequeño Stevie tenía 5 años, y se trasladó junto a su madre y sus cinco hermanos a Detroit donde sobrevivieron a duras penas. Su voz, fuera de lo normal, hizo que su madre le apuntara al coro de la iglesia, donde despertó al duende de la música. Pero al pequeño Stevie le interesaban también ritmos más profanos, y se juntaba con otros ‘negritos’ del barrio para numeritos de rythm & blues o jazz en las calles. Al escuchar esa música pagana cantada por los chicos del coro de la iglesia una devota feligresa les denunció, y eso provocó que se interrumpiera momentáneamente su incipiente carrera musical. Tras la ‘santa indignación’ tuvo que conformarse con oír música en su programa de radio preferido, volver a la ortodoxia del coro, y soñar con un piano. Una organización benéfica del barrio se apiadó de él y, como no tenían posibilidad de proporcionarle un piano, le regalaron una batería que, aunque no era el instrumento soñado, le sirvió para empezar a crear ritmos. Una vez inmerso en una dimensión polifónica imparable, su progresión no puede calificarse más que de prodigiosa. Con nueve años tocaba con maestría la batería, la armónica, el piano, y cantaba ya con esta milagrosa voz de claridad deslumbrante e inflexiones sublimes, voz que todavía conserva.

Estas habilidades no pasaban desapercibidas para el que lo escuchaba, y en 1961, cuando tocaba junto a su primo en una de sus primeras formaciones, fue descubierto por Ronnie White de The Miracles, quien le ayudó a conseguir una audición con Berry Gordy en Motown. Gordy demostró una vez más porque es uno de los mejores oídos clínicos de la historia, no se lo pensó dos veces y lo fichó al instante. Sin perder más tiempo lo rebautizaron como Little Steve Wonder y lo pusieron a trabajar a destajo con los productores de la factoría Motown.

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El sello creado por negros para producir música negra en un medio social turbulento como eran los años 60 lo lanzó como una de sus estrellas, y no se hizo esperar su primer éxito con Fingertips, una canción pizpireta y divertida grabada con público en una sola toma, con la que consiguió su primer disco de oro. Por entonces decide suprimir el Litlle de su nombre artístico y empieza a grabar una serie de trabajos producidos por Clarence Paul y otros currantes del sello. Entre los 12 a los 21 años graba doce álbumes que incluyen desde homenajes al gran Ray Charles, obvio predecesor, a alguno de sus hits mas intemporales como Uptight o I Was Made to Love Her. Tras esa primera década prodigiosa se sube al tren de la corriente social-musical que flota en el ambiente y se deja llevar hacia sonidos de fusión más trabajados, no tan obvios, y letras más militantes con los movimientos por los derechos civiles y la problemática general de un país que estaba pasando por una época convulsa.

En el verano de 1973 sufre un grave accidente de circulación. Sucedió tres días después del lanzamiento comercial de Innervisions, el 6 de agosto, cuando volvía de un concierto a las afueras de Durham, Carolina del Norte. Wonder viajaba dormido en el asiento delantero de un coche conducido por su amigo John Harris. Era de noche y circulaban detrás de un camión cargado de troncos. De repente el camionero clavó los frenos y los dos vehículos colisionaron. Los troncos salieron despedidos y uno se estrelló contra el parabrisas, alcanzando la cabeza de Stevie. Estaba ensangrentado e inconsciente cuando le sacaron del coche destrozado. Fue su amigo y tour manager, Ira Tucker, el que consiguió provocar la primera respuesta tras cuatro días en coma “… recuerdo que cuando llegué al hospital ni le reconocí. Su cabeza se había hinchado hasta aproximadamente cinco veces su tamaño normal, y no permitían que nadie se le acercara. Yo sabía que a él le gusta escuchar música a buen volúmen, y pensé que tal vez si le cantaba fuerte al oído provocaría una reacción. El médico me dijo que adelante, que probara, que daño no podía hacerle. La primera vez que lo hice no sucedió nada, pero cuando volví al día siguiente lo probé de nuevo. Su mano estaba apoyada en mi brazo, y tras unos instantes sus dedos empezaron a seguir compás de la canción. Entonces me dije ¡Si!, ¡Este tío lo va a conseguir!”

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Innervisions es el álbum numero dieciséis de su discografía, tercero del denominado período clásico que incluye los cinco mejores Lp’s de su carrera. En un primer momento el disco se iba a titular Last days of Easter, haciendo referencia -según él mismo comentaba- “…a los últimos días de la belleza, a los horrores y la hipocresía del mundo contemporáneo, y a la gente que se desinteresa de los problemas del prójimo”. El artista se ocupa de la composición y producción de la obra,  además de tocar múltiples instrumentos en muchos de los cortes. Wonder se atreve con toda la temática habitual de los años setenta y, pese a ser especialista en componer acarameladas piezas románticas de temática ligera, no rehuye lel compromiso al abrir el Lp con Too High, una duro corte sobre el mundo de la droga. El álbum continua con Visions, una balada acústica sobre el amor universal y la fraternidad humana en la que destaca un soberbio dueto de guitarras en los dedos de Dean Parks y David T Walker. Los derechos civiles y la conciencia social impregnan Livin’ for the City, donde cuenta la historia de un joven pobre del sur que viaja a Nueva York en busca de una vida mejor, es detenido por consumo de sustancias ilegales y, víctima de un sistema que continua siendo profundamente racista, acaba con sus huesos en la cárcel. Los coros que le dan la contestación a Wonder mientras cuenta la frustrante vida del chico de Missisipi –“Viviendo lo suficiente para la ciudad”- salen de las gargantas de tres de las más brillantes vocalistas del sello:  Minnie Riperton, Deniece Williams y Syretta Wright . La dulzura de Golden Lady nos recompone un poco el ánimo y sirve como final para el primer lado. Para comenzar la segunda cara el mejor tema del disco (siempre el primero de la cara B), Higher Ground, un corte funky, arrollador, en el que Stevie toca todos los instrumentos y  lanza un mensaje de espiritualidad combativa. Sigue Jesus Children of America, una canción muy crítica con la hipocresía de los movimientos cristianos que pululaban por los Estados Unidos. El tercer tema de este lado da el toque más meloso de todo el disco, All in Love is Fair, una balada clásica de las de bailar agarrado, cantada con un poderío vocal superior y acompañada por un piano celestial. Acercándonos ya al final del álbum nos maravillan los casi cinco minutos de vibrante ritmo latinesque y sonoridades anticipadoras del acid jazz de Don’t You Worry ‘Bout a Thing, un clásico también en los 90 en la soberbia versión de Incognito. Para finalizar, y como colofón irónico, el poppy y vitalista He’s Misstra Know-It-All, un tema dedicado al ‘tramposo’ Nixon, presa habitual de los músicos durante esos años del Watergate y la guerra de Vietnam. Nueve cortes y ni una sola nota de más. No hay relleno, no sobra ni falta nada. Toda la creatividad de Wonder plasmada en una obra que consiguió el grammy a mejor álbum del año, otro a la mejor producción no clásica, y varios primeros puestos en la lista de black music.

“Me gustaría creer en la reencarnación, me gustaría creer que hay otra vida. Lo que si creo es que a veces tu conciencia puede reencarnarse en la tierra por segunda vez, y eso fue lo que me sucedió a mi. Escribí Higher Ground antes del accidente, y creo que ya percibía que algo iba a suceder para hacerme tomar conciencia de muchas cosas y decidir cual era mi destino en la vida. Esta ha sido mi segunda oportunidad de hacer algo, de hacer mas, y de valorar el hecho de que estoy vivo”

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